Vi por primera vez las cataratas una tarde de verano con un sol resplandeciente que servía de marco al imponente escenario, cuyos actores principales eran las dos sonoras y vibrantes caídas de agua, una rectilínea y la otra un semicírculo casi perfecto de aproximadamente 500 metros de perímetro, una al lado de la otra como dos amantes que acuden diariamente a la cita y se funden en un abrazo para recorrer juntos el resto del camino.
El torrente tiene un color verde aguamarina casi cristalino que se engalana con guirnaldas de impoluto algodón, esparciendo un suave rocío que llega hasta la muchedumbre que a diario acude desde todas las partes del mundo a presenciar el majestuoso espectáculo.
A la mañana siguiente me desperté temprano y corrí a lo largo del malecón admirando semejante belleza y recibiendo el cariñoso saludo de sus aguas, al principio esas caricias eran solo para mi y unos cuantos orientales, pero luego de una hora de ejercicios una buena representación del mundo se cruzaba en mi camino; entonces Estadounidenses Españoles, Latinos, Indués, Turcos, Africanos, Arabes, Brazileros intercambiaban opiniones con sus respectivas familias. Pero los orientales están por todos lados: Chinos, Japoneses, Filipinos, Coreanos, si los miras con cuidado, aprendes a distinguirlos con facilidad.

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