No me parece que sea extremadamente importante definir el concepto AMOR, en todo este tiempo no hemos encontrado una descripción satisfactoria del término y no por ello ha perdido un ápice de su magnificencia: lo mismo sucede con la definición de SOLEDAD; lo que si es importante es reconocer que en ambos casos existen distintas clases, matices, tonos que despliegan un espectro variopinto, propio de los aspectos trascendentales de la condición humana.
No podemos entonces deducir simplemente que el amor es sinónimo de felicidad y la soledad de tristeza; no es tan fácil:"Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas, que estas cosas no duran toda la vida" le dice Tránsito Ariza a su Hijo Florentino ante la enfermedad del amor; ¿Posee alguna validez el amor si no se ha transitado el camino que tiene el desamor y/o la decepción como punto de partida?
De igual manera la soledad es compleja y diversa; podríamos decir que existen dos clases de soledad: la propia y la de los otros, pero creo que sería un magro y descarnado producto de una reflexión que se me antoja mas fertil y prolija.
Está la soledad que se transforma en rutina y que inexorablemente se lleva la capacidad de sentirse sacudido, de vibrar ante lo inesperado, de sentirse vivo, partícipe de un universo inquieto, de una vorágine de sensaciones, aquella soledad que niega la esperanza, que destroza la vida que asfixia y que evita una búsqueda que debería ser frenética, obsesiva, implacable, bajo todos los cielos, entre todos los rincones y mas allá de todas las fronteras.
Está la soledad del infortunio, esa que describe Kafka en la piel y en lo mas profundo del alma de Gregorio Samsa, esa que le arranca lentamente, una a una cada fibra de sus nervios y le sustrae con cínica paciencia hasta el último aliento.
La soledad del poder caído en desgracia, otrora pletórico de adulación, de oprobiosa superioridad y abrumadora arrogancia.
La soledad del desamparo producto de la tragedia que burlonamente te exime de su faena y te unge como testigo de excepción.
La soledad testigo de la multitud, aquella que te permite ver pasar a la gente y escudriñar sus rostros, interpretar sus gestos de felicidad los unos y de amargura los otros, ver como se precipitan hacia sus destinos, inconscientes de su brevedad, ignorantes de su pequeñez, sin admitir que han sido despojados de su libertad, dando paso a sus afanes sin afán, a sus angustias sin descanso, a su implacable persecución al tiempo ante quien invariablemente tendrán que claudicar.
Y la variante mas horrible de todas, la soledad de quien ni siquiera se tiene a si mismo, descrita por Benedetti al final de "La Tregua".
Pero en cambio está la soledad reflexiva que te acompaña a recorrer caminos que invariablemente conducen a buen destino; aquella que le permite a tus ojos que además de maravillarse con el arte, la bondad y el cariño; y de atribularse ensombrecerse hasta opacarse con la crueldad y el desprecio, puedan emprender un viaje hacia el interior y ser conducidos hacia una dimensión cuántica para acometer la búsqueda de complejas simbologías y extrañas sensaciones que al proyectarlas debería desvelar la forma misteriosa y hasta entonces oculta que ellos mismos tienen.
Hoy tuve un encuentro con ella largo y reposado, manso y febril a la vez y por supuesto esta reflexión es el resultado del mismo.




